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Provocateur

Hace tiempo que no veo más mundos. Acostumbrado a ver siempre atisbos y esbozos de otros mundos posibles en expresiones casuales, en sonrisas, en voces y en brillos discretos de miradas, es sinceramente desolador. Nada. Ninguno. Este es el único mundo que veo ya, desde hace algún tiempo. Se han ido acomodando las cosas para dejarnos solos, se han adelgazado las posibilidades. Siempre hemos marchado de esta manera caótica,tendiente al olvido definitivo, a la obliteración proverbial y es algo que esperábamos, pero carajo, tan pronto. Es fácil hundirse en la noche. Ahora más que antes. Es fácil esconderse, negarse a otros ojos, desaparecer. Es ahora tan sencillo cubrirse con un velo de desencanto, dedicarse al duelo anticipado a solas, en medio de la nada, con un puño de estrellas en los ojos y alcohol en las venas. Nunca había visto hombres y mujeres tan diferentes. Nunca había sido el mundo tan extraño. Cuando digo "diferentes" o " extraño" no me refiero a a...

Trompo

La indiferencia nos es inherente. Nacemos siendo indiferentes. Crecemos cambiando nuestros objetos de desapego, los años nos otorgan nuevas y maravillosas cosas que eventualmente irán perdiendo su brillo, hasta que nuestra atención las agota. Todo, todos en un tráfico del apego infantil a la fría indiferencia. Sin embargo, nos guardamos ciertas cosas, ciertas personas, ciertas canciones y poemas. Guardamos emociones y guardamos selectivamente ideas. Las defendemos lo mejor que podemos, porque en esos reductos, en esas últimas piezas se cifra nuestra humanidad. Así de residual, así de fragmentada es nuestra humanidad y la abrazamos con toda la fuerza que nos deja la indiferencia. No es casual la decadencia, la facilidad con la que se desintegra todo en nuestras manos, la segura obsolescencia de lo que nos rodeamos: las máquinas, la literatura, las relaciones, los placeres; todo es una campaña con caducidad específica, todo una trama publicitaria en marcha. Con suerte, pronto ...

Primer atisbo

Era un temblor en su mano. Era la rabia pura, crispando sus puños. Reclamaba atención, toda ella era un rugido era una furia. Todos listos, apretados, juntos ella salta a la primera fila, de frente al enemigo. Ella tiembla, frenética se arroja al frente. Quiere esto. Necesita esto. Su primer golpe derribó a un hombre. Pero derribaría mil. Nada detendrá su paso. Ni a los que la siguen. Era su urgencia, su brutal convicción, la elocuencia y razón, que nos hacía hervir el pecho que no admitía desobediencia al comando: adelante, adelante todos, hasta que agotemos mil millas, de un camino sembrado de enemigos.

Temprano se acaba el café

Tenemos la confusión tan enraizada, tan bien programada en nuestro código, que nos resulta imposible ver sobre nuestra pequeña inteligencia, es sencillamente increíble que nuestra insignificante vida sea solamente un medio, por cierto reducidísimo, para fines que nos rebasan totalmente. Servimos a procesos, tan intrincados y tan ajenos, que ni siquiera podemos considerarlos reales.  Flotamos a la deriva, suponiendo. Suponiendo y juzgando.  Necesitamos la distracción y la ilusión de la importancia.  ¿Que posible importancia puede tener tu opinión? Alguien, en un arranque infantil de petulancia y optimismo, dijo que no eramos nada. En verdad necesitamos medidas más exactas. Por ejemplo, el absurdo estado actual del mundo. ¿Alguien lo cree?

Dios te bendiga, vecino payaso

Todos los días volvía tarde a casa. Le pesaba la vida. El maquillaje. El traje ridículo. Todos los días los perros de cada casa de la cuadra ladraban a su regreso, docenas de perros hostigando sus pasos. Como fuera tarde y cansado volvía a casa a vivir como hombre, por un tiempo. Hasta la noche de mañana, cuando será nuevamente otro payaso.

Reconstrucción

Pero hay que construirte de nuevo. Hacerte nacer desde cada grieta, que de cada abolladura crezcan rosales monumentales, donde las espinas sean lo hermoso. Volverte la creatura titánica, que inspira revolución y miedo y ganas honestas de hincarse. Habría que reinventarte, darte otro reino, darte otro juego de palabras, decirte que en tus manos se guarda más que tu historia, enseñarte todo lo que pende de tu sonrisa.  Reiniciarte, V2, monstruo idílico que dicta conciencias y destinos. Si has de volver al útero conceptual este del que hablo, vuelve sabiendo: en el camino, solo tú y tu sombra, elígela bien.

Panegírico de ciertas palabras.

La sensación vaga, pero inequívoca: debes escribir algo, necesitas comunicar una idea imprescindible. La existencia colectiva no debería continuar sin el dato borroso que se manifiesta por fragmentos; tienes una verdad que se completa paulatinamente y debes difundirla. Pero la vida. Las obligaciones adquiridas. Los nombres y sus manos, sus voces. Lo olvidas, por un tiempo. La imperativa regresa de golpe: debes hablar. Debes abrir más ojos, debes insertar esas palabras en más mentes, alguien debe digerir mejor esto que yo. Alguien más debe hablar con mi voz. Hoy leí un comentario que hice a una publicación de Facebook, hace un par de semanas. En un borrador de mi correo electrónico, ahí estaba prístino y secreto, jamás usado. Aparentemente nunca publiqué ese comentario, y se quedó como el borrador de un correo electrónico. Quizás, hay palabras que son solo para uno mismo.