Trompo

La indiferencia nos es inherente.
Nacemos siendo indiferentes.

Crecemos cambiando nuestros objetos de desapego, los años nos otorgan nuevas y maravillosas cosas que eventualmente irán perdiendo su brillo, hasta que nuestra atención las agota.

Todo, todos en un tráfico del apego infantil a la fría indiferencia.

Sin embargo, nos guardamos ciertas cosas, ciertas personas, ciertas canciones y poemas. Guardamos emociones y guardamos selectivamente ideas. Las defendemos lo mejor que podemos, porque en esos reductos, en esas últimas piezas se cifra nuestra humanidad. Así de residual, así de fragmentada es nuestra humanidad y la abrazamos con toda la fuerza que nos deja la indiferencia.

No es casual la decadencia, la facilidad con la que se desintegra todo en nuestras manos, la segura obsolescencia de lo que nos rodeamos: las máquinas, la literatura, las relaciones, los placeres; todo es una campaña con caducidad específica, todo una trama publicitaria en marcha.

Con suerte, pronto dejaremos de comprar esperanzas y comprar satisfacciones, aprenderemos a vaciar nuestra voluntad sobre los trastos viejos y olvidados que algún día llenaron nuestros ojos y nuestra alma.

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